viernes, 20 de enero de 2012

Palabras de apertura para una exposición de CZanellid´Lozano



Bienvenidos todos a la inauguración de la Exposición “Imágenes ancestrales, ecos y evocaciones” de Carolina Zanelli de Lozano. Primeramente queremos expresar nuestra gratitud a Dios y a los integrantes del Colectivo Proarte por el trato cálido, la organización impecable y finalmente por la gentileza que han tenido en dispensar toda su atención en este evento, gentileza con la que todos somos deudores.
La apertura de una muestra plástica supone un acontecimiento especial, y para esta ocasión, mi esposa me ha designado curador de su obra. Para quienes no están familiarizados con esta palabra, el término “curador” resulta útil en el mundo artístico para nombrar al encargado de cuidar la obra, pero no en el sentido del daño físico, únicamente, sino en el sentido de lo valorativo, es decir, cuidar que esas imágenes sean recibidas bajo una consciencia despierta capaz de regocijarse en aquello que se le ofrece. Es curioso que esta tarea de curar una obra plástica haya sido designada a un músico. Pareciera ideal a tal efecto abandonar este trabajo sobre una persona más comprometida con el mundo de la pintura que sobre un músico. De modo que he aceptado realizar esta labor introductoria bajo el reconocimiento de mis limitaciones. He querido complacer a mi esposa, no por tener yo amplios conocimientos en las artes plásticas, en lo cual me aventajan muchas personas de mi entorno, tampoco por estar yo inmerso en ese mundo de líneas, colores, formas y texturas, esto está realmente fuera de mi alcance profesional y de mis pretensiones. He aceptado esta humilde tarea bajo la creencia de que Dios me ha ido enseñando a apreciar, admirar y  valorar el arte que sale de las manos de mi esposa.
Una obra plástica debe su valor a diversos aspectos inherentes a su proceso creativo. En primer término ella se debe a su tiempo y lugar, y desde estos dos aspectos las obras de arte cobran estima desde su pertinencia. La palabra, por ejemplo, multiplica su importancia por el momento crucial en que se dice. Del mismo modo, la pintura, como expresión del espíritu humano, también participa de este principio cualitativo de la pertinencia.
A ello se le añaden el virtuosismo del artista, no sólo en el dominio de la técnica, sino en la singularidad de su sensibilidad, en su capacidad de encontrar el camino propicio para la expresión de sus ideas, y por último, el virtuosismo de la idea misma.
Son, pues, mis palabras, un exordio a las obras de mi esposa, una mujer sencilla, poseedora de una poética conmovedora y de una manera particular de ver, enfocar y expresar. Sus cuadros son vibrantes, llenos de vida, delicados y sublimes. Carolina conjuga desde un lenguaje preciosista presente y pasado, historia y fábula, espíritu y materia. La pertinencia, pues, de sus obras se consolida en el común sentir de la experiencia humana de añorar, de cantar, pero en su caso, como un pájaro que en lugar de trinos le arranca colores a su garganta. Desde la realidad de sus creaciones he logrado aprender un poco de su semántica, de sus códigos, de su modo personal de desarrollar el discurso. Vale preguntarse más allá de lo que pinta por qué lo ha pintado. Esos lienzos suelen ser el vestido de ideas suyas que merecen especial atención. Los árboles, por ejemplo, son utilizados en sus lienzos como un elemento reiterativo, recurrente y sustantivo. Un árbol salido de sus manos, un árbol pronunciado por sus pinceles, cobra giros singulares y misteriosos que logran envolvernos si llegásemos a estar abiertos a la propia estupefacción. En su discurso “árbol” va más allá de su naturaleza vegetal, parece expresar aquello que da frutos, así, pues, en sus lienzos hay una metáfora tácita que vincula al árbol y a lo humano. Cuando ella pinta, sus oleos se transfiguran en savia y ese pesado líquido expresa cosas y sentimientos inefables: En una de sus obras, por ejemplo, vemos a un árbol que llora el agua que los habitantes de la tierra beben, lágrimas transmutadas en agua bendita. En otra de sus pinturas observamos un árbol cuyas ramas de desvirtuada madera se truecan en tres lúgubres fusiles que usurpan el follaje de las ramas, sobre las que un concierto de eternos amarillos representan en unos canarios al espíritu libérrimo de cuarenta músicos que murieran asesinados en manos de Boves, quien borrara su vidas de la faz de la tierra, pero no de la memoria de la patria. Otro lienzo muestra un rosal habitable, inmerso en unos medanales, bañados por un sol estival y que parece evocar la soledad humana, aquella de la que Rainer María Rilke se afincaba para conocerse a sí mismo, ese espacio desierto del ser humano desde donde, sin embargo, el Ser se las arregla para echar sus flores. En otra obra, un cují engalana a la tierra que por tanto tiempo le negara el agua y que en lugar de flores le brotan faroles. En fin, en su discurso pictórico-poético una obra lleva a la otra, y todas deben entenderse en el conjunto, teniendo en cuenta la reticencia, que como en el lenguaje musical cuenta tanto el silencio como el sonido, y se requiere reparar no sólo en lo que se ha dicho sino en lo que se ha dejado de decir. Podríamos hablar de cada obra en particular, pero nuestro deseo es que cada quien entable con estos lienzos su propia conversación. Ellos están en la capacidad de explicarse a sí mismos. Tan sólo es necesario que, en silencio, sigamos los consejos de Amado Nervo, el ilustre poeta del modernismo mexicano, quien propiciando una manera más profunda de abordar la vida y de conocer a la creación y hasta al Creador, decía en uno de sus poemas:

                                    Deja que los seres y las cosas hablen;
                                    Si sabes mirarlos y escucharlos bien,
                                    Tornaránse lentamente cristalinos,
                                    Hasta deslumbrarte con su limpidez.

                                    Deja que los seres y las cosas hablen;
                                    Si sabes mirarlos y escucharlos bien,
                                    Te dirán los cínifes por qué te desangran,
                                    Te dirá la abeja por qué acendra miel,
                                    Te dirá la rosa por qué te perfuma,
                                    Te dirá el cometa cuál, de sus remotas
                                    Peregrinaciones, el misterio es.

                                    Deja que los seres y las cosas hablen;
                                    Deja que se muestren en su desnudez.
                                    Más o menos tarde, si los miras mucho,
                                    Leerás en los ojos de toda mujer;
                                    Hasta el más astuto de tus enemigos
                                    Dejará que asome su alma a flor de piel;
                                    Y la propia esfinge, si arrostras impávido,
                                    Si contemplas firme su glacial mudez,
                                    Venderá su enigma…
                                                                          Ni los dioses vencen
                                    La perseverancia de un tenaz ¡por qué!

No puedo yo, sin embargo, hablar de los mensajes de esas obras sin temor a cometer equivocaciones, tengo presente que soy músico y no pintor, y que mi alma, aunque se esfuerza en descifrar el lenguaje plástico suyo, se ha tenido que conformar con las nociones elementales de los colores y de las formas. Justifico, pues, mis palabras como quien ha tratado de aprender el azul del mar, como quien se ha esforzado en escuchar el mensaje de una montaña que habla lentamente conjugando el verde en tiempo pretérito, como quien se esmera en oír al pétalo que adjetiva al sujeto con fragante aroma. No puedo yo abrir esta exposición sino desde mi orgullo de esposo, de quien ha visto a su mujer pintando cada una de esas obras, como testigo impresionado quien ha visto llenarse un espacio con mensajes conmovedores. Me planto, pues, en este suelo como compañero suyo, sonando la música bajo cuyos compases y sones bailan sus pinceles, porque las maderas de su caballete, de sus bastidores y de sus pinceles son hijas del mismo árbol que le diera vida a mi cuatro y a mi guitarra.

¡Gracias a todos por su presencia!

Leonardo Lozano Escalante.


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